Gestión del Talento

Poner energía positiva a funcionar no es “gratis” requiere una actitud de motivación muy exigente, principalmente con uno mismo. Una de las cuestiones por las que se puede empezar es por algo que resulta evidente pero poco contundente en nuestros comportamientos, a saber, “enfocarse”, “concentrarse”, poner atención exhaustiva en lo que se está desarrollando. No podemos “fragmentar” nuestra atención como un disco duro y debemos ser respetuosos con la tarea en sí. Esto se consigue con dos motores “el interés y el corazón”. Aderezar la agenda con estos ingredientes puede representar un buen comienzo.

Este escenario está alineado con propósitos de inquietud, curiosidad que se corresponde con un planteamiento de cambio, de flexibilidad, de nuevos retos. El interés es un “driver” para la creatividad y la innovación. Es más, las fórmulas de trabajo tienen ciclos de aprendizaje donde caben los retos de anticipación y adaptación. Además esta sensación “emprendedora” genera un clima de ilusión, donde el contexto es una variable no una excusa que permite que todos los momentos tengan un atractivo y oportunidades. Dudar esto es entrar en fase regresiva donde impactemos negativamente los ingredientes anteriores y en el cual el ciclo se vuelve una fuerza centrífuga depresiva.

Volviendo al camino más conveniente, el de las ilusiones (no el ilusionista), aparece la sonrisa, la diversión, el placer del reto, la conquista de la dificultad o de lo nuevo. En este plano divertido se juega seriamente a imaginar, se distruta con la prospectiva, con la ruptura de paradigmas que parecen esos caminos que surgen en el campo por el uso recurrente de una ruta por parte de los viandantes y que te llaman a no salirte de la senda.

Muchos ejercicios de reflexión terminan presentando nuevas realidades que asombran al propio sujeto, incluso pueden abrumarle lo que conviene equilibrar con dosis de imaginación que canalicen la viabilidad de los proyectos. Es evidente que sin explorar no se pueden realizar los descubrimientos. Atragantarse en las aventuras no es la forma adecuada de explorar, por lo que se pone de manifiesto un factor clave, generar retos compartidos, en equipo, en red, mirando tanto dentro como fuera de las organizaciones. Este fenómeno colaborativo permite configurar un cuerpo resistente a los retos que respalda los niveles de pasión y músculo necesarios para hacer realidad todo este argumento.

Este camino no es fácil, repetimos ni fácil, ni gratis, por lo que la rendición no es una condición aceptable. La persistencia es más diferenciadora que la rendición, ¿no?. Al fin y al cabo es un filtro, un proceso de decantación con pruebas de resistencia.

Así, con estos ingredientes y el poder de las conexiones con otros, se cubren los límites de lo habitual, de lo recurrente, dado que muchas limitaciones parten de nosotros mismos, de la creación de modelos que se basan en rutinas, estableciendo un cuerpo “calloso” que elimina no sólo los procesos cognitivos conducentes a la creatividad, sino que además nos aleja de la consciencia sobre esa situación. No retamos a nuestro talento y además no nos hemos planteado ni la necesidad de ese reto.

Para abrir esa compuerta no podemos más que contagiarnos de un proceso casual, que enciende esa llama. Este documento puede serlo, también una conversación informal, una reunión, un email. El azar es caprichoso y ahora puedes estar sufriéndolo, en este instante. Con esa toma de conciencia surge la inquietud que, en algún caso, puede vestirse de preocupación, lo que nos lanza sin remedio a las dinámicas de aprendizaje. El “interés y el corazón”, esos grandes amigos, nos ponen en la senda de la curiosidad y de repente sentirnos el placer de aprender, y observamos que es un proceso acumulativo y combinativo que nos conduce a nuevos interrogantes y, sobre todo, a plantear mejoras en nuestras tareas y labores, aquí se vincula el propósito organizativo de la eficiencia y eficacia, o el camino a la denominada “excelencia”.

La distancia entre la ignorancia y la curiosidad es más grande que la existente entre la curiosidad y el emprendimiento. Las neuronas ejercitadas en su carácter cuantitativo y cualitativo son la razón de esta distancia sobre todo cuando establecemos una relación directa y voluntaria por el gusto de aprender. Aquí empieza la nueva espiral, el nuevo ciclo generador de todo lo bueno que podamos ser y construir. Aparece la diversión como por “arte de magia”, surge el entusiasmo y la irrefrenable sensación de poner dinamismo en las cosas. Ante estas circunstancias incluso nuestro “miedo escénico” se reduce, el disfrute y la pasión hacen menores los esquemas de sensación de ridículo, hay una cuestión personal tan poderosa que “nubla” positivamente el entorno, haciendo más posible el atrevimiento, sensación tan olvidada en muchos escenarios laborales.

Además, esta dimensión no se “apaga y enciende” en virtud de si estoy en el trabajo o en casa, va conmigo y se hace protagonista del momento no por el egocentrismo sino por la sensación de contagio que desean tener los demás ante el aura positivo que despliegas. Es un disfrute de cada momento y situación, aceptando el reto que supone evitar la represión de los “conservadores” que siempre advierten con el peligro y que por ello y su grado de reiteración en el mensaje negativo han terminado por teñir su vida de pasividad, inmovilismo y miedos.

Ahora bien, el atrevimiento no es loco, no debe sesgarnos su posible interpretación hacia el riesgo, muchas veces tiene el matiz de curiosidad, de preguntar, de poner en cuestión, de averiguar, de someter a nuevos puntos de vista una situación. Llenarse de positividad no debe caer en el pecado del egocentrismo y el “sabelotodo”. Es más, en este contexto de inquietudes suelen particularizar su importancia las cuestiones simples, sencillas. Piénsalo, detrás de temas complicados, tras “tirar del hilo” hay cosas muy simples básicas, de la condición humana que viene desde la “Edad de Piedra”. Concentrarse para identificarlas suele ser una buena receta para “disolver” la complejidad y proyectar más fuerte tu energía, concentrada en un aspecto.

Todo el esfuerzo con sus momentos buenos y malos genera energía para recargar la “dinamo” de la ilusión, tanto para seguir como para levantarse, y, como si de un psicoanálisis se tratara, buscamos espacios para empatizar, espacios para el desahogo, para ese ser social que somos, para el espíritu innato de compartir que parece que nos caracteriza. Sentirse bien es una necesidad por la que luchamos mucho pero que comprendemos poco, al menos el compartir genera una proyección externa de emociones que repercute en nuestro “aura”, en la carga y recarga de energía positiva.

En este momento se hará más evidente la figura de “el otro”, los “otros”, y nos permitirá poner en valor el tradicional ejercicio de ponernos “en su lugar”, viendo las cosas desde otra perspectiva, incluso considerando el asombro que podrían llegar a sentir terceros ante situaciones que pueden ser cotidianas para nosotros. Ser capaz de esta “multipersonalidad” es muy higiénico para nuestro habitual sesgo asociado a buscar generalidades, estereotipos, etc., arruinando el poder de la diversidad. Bajo este esquema podemos aumentar nuestros niveles de creatividad y no despreciemos lo que podría impactar en nuestros grados de tolerancia.

En todo el marco relacional se produce la magia de la afinidad, de la identidad colectiva en la que articular las bases de la colaboración con dosis de confianza y honestidad. La mencionada atención y focalización se potencia con la verdad, con la sinceridad como motor de la consolidación del efecto comunidad.
Y como colofón a todo este “aluvión existencial” hay que considerar que el rendimiento exige descanso, conciliando como un atleta, los ciclos de producción. Ir al 120% siempre no acaba bien nunca. Es más, descansar también nos permite nuevas formas de enriquecer nuestras ideas, ya sea por el efecto “onírico” o por la renovación de nuestras fuerzas, el sentirse despejado.
A pesar de tantas líneas escritas, las cuestiones de rendimiento profesional, partiendo uno mismo, son más fáciles de lo que uno piensa.

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